
Navarra es, dicen, tierra de diversidad. Ni que lo digas. Lo que empezó como un eslogan turístico hace algo más de una década ha dejado de ser una promesa de folleto para convertirse en una realidad que se palpa cada día. Porque sí, es cierto que puedes conducir desde la selva de Irati hasta el desierto de Bardenas en poco más de una hora, y que ese contraste paisajístico es uno de los grandes activos del territorio. Pero hay diversidades que no caben en ninguna postal, y algunas de ellas tienen mucho que ver con la forma en que se gestionan los servicios públicos que la ciudadanía exige cada día.
En el corazón de esa diversidad invisible se encuentra un problema que no es nuevo, pero que lleva años acumulando presión sin encontrar salida: la desigualdad en la atención sanitaria primaria entre los distintos centros de salud de Navarra. No se trata de una percepción, ni de una queja aislada. Los datos están ahí, sobre la mesa, visibles para quien quiera consultarlos. Y sin embargo, siguen esperando. En algunos centros de salud, las guardias nocturnas se abren para atender a un solo paciente cada dos noches. En otros, la actividad no cesa y las decenas de personas que pasan por las puertas no dan tregua al personal que trabaja en ellos. La brecha entre ambos modelos es tan abismal que resulta difícil entender que se mantenga dentro de un mismo sistema sanitario público.
En la jerga interna del Servicio Navarro de Salud, esos turnos de medio paciente por noche tienen su propio nombre. Quienes trabajan en el sector lo saben bien, aunque quizá no se atrevan a decirlo en voz alta. Esa forma de hablar en código revela algo que los profesionales asumen como un secreto a voces: hay centros que funcionan como pequeñas urgencias y otros que permanecen cerrados la mayor parte de la noche, no por falta de necesidad, sino por falta de voluntad de gestión. La pregunta que se hacen los profesionales y los usuarios por igual es sencilla y directa: ¿por qué?, y la respuesta no es médica, sino política.
Un mapa sanitario que se niega a cambiar
La información está disponible en sernavarra.com, pero en el Parlamento de Navarra han decidido que esto mejor no se mueva. No hay debate oficial, no hay comisión específica, no hay voluntad de tocar el tema. Y, sin embargo, la distancia política que separa a UPN del PSN estos meses es evidente en tantos otros frentes como para pensar que en esto no podrían estar de acuerdo. Y, precisamente, están de acuerdo. Los dos grandes actores del escenario político navarro coinciden en algo que no suele ocurrir con tanta frecuencia: que el statu quo conviene. Que mover el mapa sanitario, que revisar una distribución de recursos y servicios que tiene raíces en una época muy distinta, puede abrir una caja de Pandora electoral que a nadie le apetece destapar.
Lo sabe bien el consejero del área, que tuvo que meter la reforma al cajón. No fue una decisión técnica, ni una evaluación de viabilidad lo que frenó el proyecto. Fue la calculadora política la que dictó el sentencia. Porque reformar la distribución de guardias, reasignar recursos, abrir centros que llevan años funcionando a medio gas, significa tomar decisiones. Y tomar decisiones en Navarra, al menos en el terreno sanitario, tiene un precio electoral que los partidos prefieren no calcular. La reforma quedó sobre la mesa y nadie se atrevió a sacudir el polvo.
La soledad de los que piden cambio
En un escenario donde las grandes fuerzas políticas prefieren la comodidad del acuerdo tácito, los que realmente defienden la necesidad de una revisión profunda del mapa sanitario son pocos. Solo Geroa Bai, el partido del consejero que tuvo que retirar la propuesta, y Contigo coinciden en que quizá ha llegado el momento de darle una vuelta a un mapa que tiene más de 40 años de antigüedad. Cuarenta años de una distribución que se diseñó en otra Navarra, con otras necesidades demográficas, con otros patrones de movilidad y con otros retos sanitarios. El territorio ha cambiado de arriba abajo, pero la estructura que lo cubre sigue siendo la misma, con las mismas ineficiencias y las mismas desigualdades.
Esta situación no es exclusiva del ámbito sanitario. En Navarra, la tensión entre la necesidad de reformas ambiciosas y el miedo a las consecuencias electorales se ha manifestado en otros ámbitos igualmente sensibles. El Gobierno de Navarra rechazó el abono de sobrecoste en el túnel de Belate por iniciativa propia de la UTE, una decisión que evidenció las complicaciones que surgen cuando los proyectos de infraestructuras se enfrentan a intereses contrapuestos. Y mientras tanto, la demanda de una gestión pública integral en la educación infantil se consolida como el gran reto pendiente del territorio, un asunto que lleva años sobre la mesa sin que las administraciones logren ponerle fecha ni forma definitiva. Son capítulos de una misma historia: la de un territorio que sabe lo que necesita pero tropieza cada vez que intenta dar el paso.
No es casualidad que quien lleva décadas contando lo que ocurre en antena desde 1998, después de pasar por COPE, Radio Marca y Onda Cero, y desde 2018 al frente de la información en la SER, observe este cierre de filas con una mezcla de perplejidad y hastío. Porque la historia de Navarra no siempre fue esta. Hubo un tiempo en que el territorio se movía con otra energía, con otra ambición, y en que los problemas se afrontaban con la convicción de que las decisiones difíciles eran necesarias, no peligrosas.
El coste de no decidir
El mensaje que resuena entre profesionales sanitarios y ciudadanía es claro: cuidado con la parálisis. Porque mientras los partidos debaten quién se atreve a perder votos, los centros de salud que atienden a medio paciente por noche siguen ahí, con sus plantillas reducidas, sus profesionales que miran al techo y sus vecinos que han aprendido a no pedir cita nocturna porque saben que no la van a atender. Y los centros que funcionan a pleno rendimiento siguen aguantando una carga que no les corresponde, porque la geografía de la atención sanitaria no se corresponde con la geografía de la demanda real.
La reforma que se metió en el cajón no desapareció. Sigue ahí, esperando. Y con ella, la oportunidad de modernizar un sistema que funciona mejor en la teoría que en la práctica. Porque Navarra, tierra de diversidad, merece una sanidad que sea tan diversa como su paisaje, adaptada a cada rincón, a cada pueblo, a cada barrio. No una sanidad de mapa antiguo y guardias de cartón. La pregunta no es si hay que cambiar, sino cuánto tiempo más podrá el sistema sostener la inercia antes de que el coste de no decidir sea mayor que el coste de decidir.




